Unión Rural de Flores

Foto antigua de Raúl Goñi, histórico dirigente y referente del cooperativismo agrario, participando activamente en una de las tantas Asambleas de la Unión Rural de Flores.
Raúl Goñi en Asamblea de URF

A principios de los años sesenta los productores ovejeros tenían un gran problema: cómo vender y obtener un buen precio por su lana. En Flores, un departamento fuertemente ganadero y con gran predominancia de la ovinocultura, principalmente por lo especial de la lana blanca que se obtenía en aquellos campos, un joven Raúl Goñi, de 19 años, se unió a una cooperativa y se cruzó con aquella problemática.

Era ganadero, al igual que su hermano mellizo y que su padre. Había heredado el oficio y el gusto por los ovinos por la cultura familiar y cuando se acercó a la Unión Rural de Flores (URF), la misma institución en la que había participado su padre, no tenía idea de que un día sería parte de la historia nacional.

En aquel tiempo, a nivel de los establecimientos la lana se vendía «al barrer» o era clasificada en vellón, barriga y cordero, pero no por finura o calidad. Y una vez que el comprador la veía hacía una estimación del precio, totalmente subjetiva, pensando en la finura del producto y la calidad del lote. Pero con el tiempo aquello cambió: los productores comenzaron a remitir su producción a las cooperativas, donde se invirtió en máquinas y equipos enteros de personas que seleccionaban la lana por su calidad y finura, buscando así una mejora en los negocios. Aquella actividad fue en Flores, por ejemplo, una gran fuente de trabajo local.

Ya conociendo el mercado interno y las dificultades que había a la hora de poner precios, los productores se juntaron a discutir cuál sería la mejor solución para ampliar el mercado. Y la mirada se puso tras la frontera. La idea de salir al mundo a vender en conjunto les parecía la mejor. «Sabíamos cómo funcionaba la cooperativa. Y a trabajar en equipo se aprende sobre la marcha», recuerda Raúl hoy, más de 60 años después de aquel momento.

Los primeros desafíos fueron la clasificación de la lana, la financiación de las actividades previas a la exportación y los viajes al exterior, principalmente a Europa, para conseguir clientes. Pero tras varias reuniones esto se solucionó: la clasificación se haría en Montevideo luego de que cada cooperativa enviara su lana y la financiación la daría el Banco República.

Entre enero y febrero de 1965 la URF realizó sus primeras dos ventas al exterior. Inglaterra, Alemania Occidental, la Unión Soviética, Estados Unidos, Yugoslavia y Polonia, esos fueron los destinos en los que la lana uruguaya se pagó a 277 pesos por kilo.

Para mejorar en los negocios, aquellos cooperativistas de Flores y otros de diferentes departamentos y cooperativas, como El Fogón, de Durazno, se unieron para crear la Central Lanera Uruguaya (CLU), una cooperativa de segundo grado a través de la cual canalizaron muchas actividades comerciales en conjunto. Fueron cerca de 60 los ovejeros y Raúl fue uno de ellos.

Fue así que en septiembre de 1967 se hizo una gira por destinos de Europa, que duró un mes. Pedro Istebot por la URF, Roberto Mackinnon por El Fogón y el contador Jorge Fascioli fueron los protagonistas de aquel primer viaje. Tras alquilar un auto en Europa y recorrer varios países, volvieron a casa sin ningún negocio concretado, pero con mucho aprendizaje.

Los viajes eran muy costosos, por eso se hacían de a dos o tres productores. Con poco más de 20 años, aquel joven de Flores que había ingresado a la cooperativa hacía no mucho se preparó junto a otros directivos y, con el apoyo del Centro Cooperativista Uruguayo, viajó por el mundo para conseguir compradores internacionales de lanas uruguayas. Fueron días los que pasaron estudiando posibles mercados y preparando la presentación, las preguntas y los idiomas, siempre seguros de que la mejor carta que tenían para jugar era la calidad, que era excelente, producto de un gran esfuerzo en los campos. Así, Raúl armó el bolso, se subió a un barco y dejó su casa en busca de un mejor negocio para todos, convencido de lo exitoso que podía ser trabajar juntos con un fin común.

Hasta hoy recuerda aquellos viajes en barco. Italia, Francia, Inglaterra, Alemania, Países Bajos, fueron varias las tierras que los productores visitaron para conquistar a los europeos. Sumadas a las americanas, como Colombia, México y Estados Unidos. A la vuelta, era obligatoria la reunión para compartir con los demás los resultados; cómo les había ido, qué habían conocido, si habían concretado negocios, las tecnologías que habían conocido, todo era una novedad. De a poco, aquellos viajes dieron frutos: desde el campo uruguayo mandaron muestras de las excelentes lanas, continuaron las comunicaciones por teléfono y confirmaron todo por telegrama. Así, después de mucho esfuerzo, se confirmó el primer negocio de la CLU.

En marzo de 1968 partió del puerto de Montevideo con destino a Virginia, Estados Unidos, el primer embarque de lana de la CLU: unos 25 fardos de arpillera con 12.000 kilos de lana y aún más kilos de esfuerzo compartido fueron el resultado de un hecho histórico.

«El primer embarque fue muy importante. Cuando logramos conectarnos con el exterior, nos cambió la vida. El día que salimos al exterior cambió la cosa, cambió el panorama, porque tuvimos más libertad y otros clientes», remarcó Raúl.

Desde allí, el abanico de mercados se amplificó, la demanda fue distinta y la industria se intensificó. En camiones y en tren, la lana de las cooperativas llegaba a Montevideo pronta para exportar, pero antes pasaba por un importante proceso de selección. En Flores, la URF amplió su sede con dos galpones para el acopio y armó el Centro de Procesamiento de Lanas de la CLU. La lana iba directamente desde los campos hacia aquel lugar, en el que varias personas la clasificaban a mano por su finura y luego la prensaban, también a mano, para enfardar. Con la mejora de los negocios, la industria se fue tecnificando y en 1974 en ese lugar se armó una prensa hidráulica para enfardado que dejó aquella tarea manual atrás y simplificó las tareas. En épocas de zafra eran largas las filas que hacían los camiones para descargar la lana, y largas también eran las noches de trabajo, siempre codo a codo con un fin común: mejorar.

Y así fue, Raúl lo recuerda hasta hoy, que el negocio mejoró. Tras aquel enorme desafío de abrir mercados, Uruguay salió al mundo a jugar en las mejores canchas y en los campos los productores veían los resultados. Raúl todavía se acuerda de cuando cobró sus primeras zafras: el dinero se reinvertía en alimento para los animales, para mejorar la producción de lana y así aumentar las ganancias. El negocio era una rueda, dar para volver a tener, como el trabajo en equipo.

Fue ese espíritu de colaboración y unión el que llevó a la URF, años después, a ser una de las fundadoras de las Cooperativas Agrarias Federadas, una institución que, como recuerda Raúl, generó un gran intercambio entre productores de todo Uruguay. «Conocimos a gente de todo el país y fue muy interesante. Teníamos el desafío de hacer las cosas bien, llevó su tiempo y aprendimos mucho juntos», concluyó.

Relato N°7 del libro "40 años de CAF en 40 relatos breves. Entretejiendo historias del cooperativismo agrario en Uruguay" (2024), p. 36.

Los comentarios están cerrados.