La solidaridad salvó a la cooperativa de la adversidad

Un sinónimo de cooperativa es la palabra asociación, reunión, unión de personas con un fin común, un concepto que esconde en su significado algunas ideas como la solidaridad, que fue la clave para que, en 1995, la Cooperativa Agraria Limitada El Fogón se salvara de su mayor crisis.


Esta historia se trata de cooperativismo, de ayuda y también de resiliencia, pero principalmente de entender que la unión hace la fuerza y que ante las adversidades siempre pisa más fuerte el que camina acompañado.

Aquellos años eran difíciles para los negocios ganaderos: los productores tenían la necesidad de darle un enfoque diferente a la comercialización de carne y encontraron en las cooperativas el apoyo necesario para trabajar por mejores condiciones. Varias cooperativas agrarias habían trabajado en conjunto en negocios hechos a facón y habían tenido éxito en algunas industrias; esas experiencias fueron antecedentes de una idea que unió a todas las cooperativas ganaderas del país: comprarle en conjunto al Banco República un frigorífico que estaba cerrado e hipotecado y hacerlo funcionar juntas.

Aquel proyecto demandaba una gran inversión para los productores protagonistas de las cooperativas, la mayoría ganaderos con predios pequeños y familiares que encontraron en el campo su fuente de trabajo y de vida. En Durazno, los integrantes de El Fogón tomaron eso como una gran apuesta y albergaron grandes esperanzas de tener éxito en el futuro; por eso se reunieron, hicieron una capitalización y comenzaron a caminar abrazados al proyecto junto con las otras cooperativas.

Aquella iniciativa, que tanta ilusión causaba, no salió bien. Como toda inversión, llevaba consigo un riesgo y este se impuso. El negocio no funcionó y el frigorífico finalmente no operó. Pero aquella capitalización que los productores habían asumido con el Banco República seguía en pie y debía pagarse. Ese fue el tema principal de una asamblea general que fue decisoria para el futuro de la cooperativa. Algunos productores consideraban la idea de vender todos los activos de la cooperativa para saldar la cuenta, aunque eso significara cerrarla, ya que la deuda insumía prácticamente todo su patrimonio móvil. Pero ante esa posibilidad, un grupo de 16 socios planteó capitalizar lo adeudado con la venta de algunos activos y con una acción solidaria: comprometer su producción de lana de los próximos tres años con la Central Lanera Uruguaya, acceder así a préstamos, juntar el dinero y juntos hacerle frente al problema. Vendieron su esfuerzo por adelantado, con la convicción de que, costara lo que costara, El Fogón no se podía apagar.

Álvaro Fossati fue uno de aquellos socios y aún hoy, casi 30 años después, recuerda por qué apostaron por esa idea. «El instrumento cooperativo era muy valioso como para perderlo y había que tratar de salvarlo aunque eso costara», destacó.

Roberto Mackinnon, Santa Magdalena SA, Guillermo Mackinnon, Eduardo Fossati, Haydée González, Carlos Baráibar, Rubén Izquierdo, Mario Abreu, Alberto Folle, la Sociedad Ganadera Vivo Howard Ltda., Enrique Falcón, Laura Fernández, Senén Echenique y Dante Izquierdo fueron quienes, junto con Álvaro, se comprometieron a trabajar para dar una mano.

Era mucho el dinero que necesitaban y en aquel entonces la situación no era sencilla para nadie, pues las producciones eran pequeñas y para hacerle frente a la deuda se hicieron muchos recortes en El Fogón. La cooperativa quedó con muy pocos funcionarios y la gestión quedó a cargo de algunos directivos. «Fue una etapa dura y difícil», contó Álvaro.

El tiempo pasó y de a poco pudieron ir pagando la deuda. Además, a la par, los negocios de venta de insumos en la cooperativa comenzaron a ser mejores. Quienes estaban al frente, que trabajaban honorariamente, comenzaron a ver que algunas oportunidades de negocio se les escapaban debido al poco tiempo del que disponían para las tareas, de las que se encargaban a la par de su trabajo en el campo. Por eso, en el año 2000, con un mejor panorama, decidieron incorporar por primera vez a un gerente a la cooperativa.

Con una mirada empresarial, pero más social que si se tratara de una empresa privada y sin dejar de lado el trabajo en equipo, El Fogón «trató siempre de darles instrumentos a sus socios para acceder a un mejor nivel de vida», sostuvo Álvaro, y mejorar las operaciones de la cooperativa era parte de eso.

De a poco fueron superando las adversidades, sin perder de vista lo más importante: la familia rural y su entorno. «Uno tiene que ser agradecido de las cosas que le pasan. Para bien o para mal, las tenemos que tener en cuenta», remarcó Álvaro mientras recordaba aquellos años difíciles. Para él, productor chico y arrendatario, y su familia, como para tantas otras que se sumaron a este proyecto, contar con la cooperativa fue importantísimo. En aquel entonces los commodities tenían valores casi que residuales y tener un buen respaldo cooperativo fue fundamental.

El Fogón es parte de las Cooperativas Agrarias Federadas desde el inicio y en esos tiempos de dificultad, contar con el apoyo gremial fue muy importante, valoró Álvaro. Recomponerse tras una caída de esta magnitud no es fácil, por lo que sentirse acompañados fue muy importante. «Los vínculos con las cooperativas son fundamentales, todo ese relacionamiento es lo que te permite trascender la zona en la que trabajás», dijo Álvaro.

El compromiso, la solidaridad y la responsabilidad de llevar adelante un equipo, así como los valores cooperativos, fueron las bases de esta historia, que dejó en sus protagonistas muchos aprendizajes. Una de las enseñanzas más importantes, según sostiene Álvaro, es que «el negocio de la cooperativa tiene que tener una reciprocidad fuerte del socio. Al encarar una actividad que significa manejar una parte de la cadena productiva, el compromiso de los integrantes de la cooperativa no puede estar aislado».

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