Cuando le preguntan cuál es su sueño, Yazmín Techera no duda. Tiene 16 años, vive a 20 kilómetros de la ciudad de San Carlos (Maldonado) y tiene claro que el campo es su pasión. “Quiero tener mi predio, mi ganado, mi producción. Lo más lindo de trabajar en esto es que uno es dueño de su trabajo, trabajamos a gusto, sin que nos manden”, cuenta.
Es la menor de siete hermanos y sus padres son productores lecheros y ganaderos vinculados a la cooperativa CALIMA “de toda la vida”. El año pasado Yazmín se sumó al grupo de jóvenes de la cooperativa y dice que ha recibido “apoyo, conocimiento y compañerismo”.
“Con el grupo de jóvenes de CALIMA tenemos dos proyectos: el primero es, en el marco del programa “Somos de acá” del MGAP, hacer actividades en escuelas urbanas y rurales de Maldonado para mostrarles a los chiquilines cómo es un día de trabajo en el campo. Y el segundo es producir de forma colectiva en un campo con el apoyo de la cooperativa. El primer año, tenemos pensado producir fardos”, dice entusiasmada.

Acortando distancias
Yazmín cree que uno de los grandes desafíos que enfrentan los jóvenes que viven en el medio rural, es la distancia que los separa a unos de los otros. “En un pueblo hay un gurí en cada esquina, pero nosotros vivimos a kilómetros de distancia y eso complica la agrupación. Por eso la cooperativa juega un rol central como nexo”, afirma.
Sabe de lo que habla porque lo vive en primera persona. Cuando empezó el liceo, a los 12 años, recorría con su hermano 90 kilómetros en moto ida y vuelta para ir al centro de estudios que les quedaba más cerca. “Muchas veces tuvimos dificultades al hacer ese camino e incluso una vez se nos pinchó la rueda a mitad del trayecto, por lo que tuvimos que caminar como 5 kilómetros para agarrar señal en el celular y esperar hasta la nochecita para que mi padre nos fuera a buscar”, recuerda.
A partir de ese día se sumó a una experiencia de educación a distancia que le permitió cursar el ciclo básico a través del Plan Ceibal. “Fue una ayuda muy importante, porque solo tenía que ir al liceo cada 15 días y pude cursar todo a través de internet”, valora. Ahora ya está pensando en hacer un curso de Ayudante de Veterinaria, que le vendría “de lujo” para su trabajo.
Un ejemplo de emprendedora
“Mis días son muy variados. Ayudo en el tambo familiar de tarde, pero además siempre surgen cosas distintas: doy de comer a los terneros, en época de cosechas soy tractorista, y ayudo cuando hay que enfardar, por ejemplo”, cuenta.
Yazmín y sus padres tienen una sociedad: ella se ocupa de criar a los terneros y ellos a cambio le dan los novillos machos. “Además, con el apoyo de la cooperativa CALIMA que me dio un crédito, este año pude hacer mi primera inversión: compré 17 terneras holando de un año de edad para empezar a producir”, dice orgullosa.
El camino hacia su sueño ya está trazado. Con el apoyo de la familia y de su cooperativa seguro logrará volverlo realidad.
