Cooperativa Agraria Nacional (Copagran)

Sebastián, Daniel y Jesica Baldi, tres generaciones de agricultores que comparten el amor por el campo.

Amor por el campo, una historia de valores heredados

El campo ha pasado por grandes períodos de éxito, pero a lo largo de su historia también ha tenido momentos de crisis. Daniel Baldi, quien se crió alrededor del trabajo rural a pocos kilómetros de Carmelo, lo sabe bien. En la década del 90 el campo no andaba bien, varios de aquellos años fueron difíciles: los granos casi no valían nada y muchas veces, al levantarse, los productores sabían que el trabajo de ese día de poco les serviría para generar ingresos. Daniel, agricultor, en varias oportunidades pensó en cambiar la producción: abrir un tambo, cambiar de rubro, fueron varias las opciones que estudió, viendo que muchos de sus vecinos vendían las tierras y se iban de la zona. Buscó alternativas, incluso puso en venta su campo, pero dijo, como recuerda su esposa: «No voy a hacer algo que no me gusta».

«Del 95 al 2000 fue una catástrofe», recuerda. Pero en el 2000 se creó el cupón cero, una herramienta que les permitía a los productores refinanciar sus deudas con los bancos, y aquello le posibilitó tener más tranquilidad. Daniel todavía se acuerda de cuando viajó, junto a otros productores, a Montevideo para ir al Banco Central a hablar sobre esta solución.

Tiempo después, por el 2004, llegó «la salvación», como la recuerda: la soja. Daniel fue de los primeros visionarios en animarse a trabajar ese cultivo, hoy el principal a nivel nacional, pero en aquel entonces una innovación. «Era muy novedoso, el precio te ilusionaba a probar», comentó.

En varias oportunidades Daniel adaptó sus máquinas para trabajar mejor.

 

No obstante, «para sembrar hay que tener buenas máquinas», y las que tenía Daniel, con las que trabajaba sus cultivos de cebada y trigo, eran chicas para la soja, por eso, junto con su hijo Sebastián, las adaptó. Por aquel entonces las máquinas no eran muy sofisticadas. La primera vez que Daniel se sentó en un tractor, muchos años atrás, este no tenía cabina y el frío y la tierra eran siempre parte del paisaje. Comenzó trabajando con la primera máquina que tuvo su padre, una cosechadora a nafta de 12 pies para trillar en bolsa. Luego compró una Cassey SP12 a querosene, con la que primero cosechaban en bolsa y luego, junto con su cuñado, la modificó para que cosechara a granel, que utilizaban en un silo que ellos mismos habían construido en el campo. Para salir a trillar era obligatorio llevar herramientas, porque siempre algo pasaba.

Su hijo Sebastián también conoce el campo de toda la vida y a los 13 años se subió a un tractor para no bajarse más. De chico salía de la escuela y se iba a arar con su padre, de grande eligió unirse al trabajo como parte del equipo. Se volvió una mano más en el predio familiar. Padre e hijo compraron una Massey Ferguson con aire acondicionado y sensores de pérdida, de a poco fueron sumando tecnología a su trabajo. Tiempo después compraron otra cosechadora mejor, le hicieron su propia cabina y le pusieron aire acondicionado para ganarle al frío, pero la máquina que más recuerdan es la primera cero kilómetro que pudieron adquirir, aquella que se disputaban por usar, recuerdan entre risas hasta hoy. Aquel hito familiar fue un gran motivo de festejo.

Desde pequeña Jesica conoció el trabajo de campo junto a su padre Sebastián.

Así como Daniel enseñó a Sebastián y él le tomó el gusto al trabajo rural, Jesica, su nieta, llegó a completar el linaje de estos agricultores, al ser la tercera generación de la familia Baldi que se sube al tractor y la cosechadora. De chica acompañaba a su padre en la máquina mientras él trabajaba; se pasaba las tardes con él, su abuela le llevaba mate cocido y cuando se aburría, la niña volvía a su casa.

Con el tiempo y habiendo pasado más horas en las máquinas, a los 15 años pidió para trabajar junto a su padre y su abuelo; los acompaña hasta ahora, en un ejemplo claro de recambio generacional, algo que muchas veces es motivo de preocupación en el campo uruguayo. Las tareas se reparten entre los tres y Jesica comparte su rutina en la tierra con los libros y las clases virtuales, ya que está estudiando la carrera de Técnico Agropecuario en Montevideo. La vida universitaria le ha dado muchas herramientas que hoy comparte con su padre y su abuelo, y entre los tres, con la experiencia, los saberes y el gusto por este trabajo, se complementan.

Esta familia siempre estuvo vinculada al cooperativismo rural y cuando surgió la Cooperativa Agraria Nacional (Copagran), en 2005, se integró a ella. Daniel valora mucho el trabajo, la atención personalizada y el asesoramiento técnico que se les da a los problemas puntuales de los productores. Además, formar parte de las Cooperativas Agrarias Federadas (CAF) y contar con su apoyo es muy importante, porque «es tener un complemento, una voz más cerca de quienes toman las decisiones de las políticas públicas». Como gremial, CAF actúa como intermediador entre las cooperativas y el gobierno y acerca a los productores a ámbitos que serían difíciles de alcanzar individualmente.

Daniel y Sebastián son cooperativistas y Jesica también. Actualmente integra el grupo de jóvenes de la cooperativa, con el que ha tenido muy buenas experiencias, como reunirse con pares e incluso trabajar para promover la conciencia agropecuaria, como hicieron con un proyecto con el que recorrieron escuelas explicando el ciclo del cultivo de trigo. Jóvenes compartiendo sabiduría con nuevas generaciones para que se conozca más y mejor de dónde vienen los alimentos.

Mirando hacia adelante, el futuro parece promisorio, en la familia y en la cooperativa. Ahora se está gestando un grupo de mujeres, promovido por la madre de Jesica, con el objetivo de acceder a más capacitaciones para la mujer rural. Los equipos crecen y, como los tres agricultores, se fortalecen en conjunto. Esta es una historia de familia, de herencia de valores, y también de resiliencia y trabajo, características que hacen al cooperativismo agrario uruguayo.

Los Baldi siempre estuvieron vinculados al cooperativismo rural y en Copagran trabajan por fomentar el desarrollo de los productores familiares, los jóvenes y las mujeres.

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