Un cielo celeste y el cantar de los pájaros nos recibieron un jueves de primavera en el establecimiento de Alejandro Pacheco (directivo de CAF) y de su señora Yanet Ruiz. Mientras, una vaca se preparaba para parir y dos terneros pastaban distendidos al costado del camino.
Un estilo de vida sano y tranquilo, cercano a la naturaleza pero con las comodidades de la ciudad. Un trabajo familiar, donde todos colaboran y donde predomina un gran cariño por lo que se hace. Estas serán las palabras a las que recurrirán para definir su vínculo con el tambo.
Alejandro y Yanet viven con su familia a 80 kilómetros de Montevideo, en el departamento de Florida, en una chacra de 80 hectáreas que está dividida en dos por la ruta 5. Allí tienen un total de 50 vacas en ordeñe, las que marcan el ritmo de la jornada de la familia.
“Somos cinco, porque tenemos tres hijos de 16, 14 y 8 años. Y además por un año, tenemos una hija postiza de 17 años (Xenia) que vino de Alemania por un intercambio. Para ella fue un cambio muy grande: pasó de vivir en un apartamento en una ciudad de 500.000 habitantes a vivir en el campo. Pero está contenta”, cuenta Yanet.
Un equipo familiar
“Somos productores de tercera generación, mi abuelo y mi tío abuelo arrancaron a remitir a CONAPROLE en 1945, después mis padres se hicieron cargo del tambo y desde 2007 estamos con Yanet al frente, con la ayuda de mi padre y de los hijos”, agrega él. Ordeñar, producir la comida de los animales y hacer recría de ganado son las actividades principales a las que se dedican.
La jornada en la casa de los Pacheco Ruíz inicia temprano. “A las 6.30 h estamos saliendo con los chiquilines para la ruta. El mayor estudia bachillerato en Informática en Florida, y los demás van a la escuela y el liceo en Canelones. Cuando vuelvo de la ruta voy directo para el tambo y nos ponemos a ordeñar con Alejandro”, narra ella.
“A veces me toca cruzar las vacas de un lado a otro de la ruta y eso es toda una logística”, agrega Alejandro. De tarde puede haber tiempo para la siesta y para atender a los jóvenes, pero a las 18 h otra vez son ellas las que marcan el reloj: de nuevo es momento del ordeñe.
La rutina no se modifica drásticamente los fines de semana, aunque hay un poco más de flexibilidad en el horario de la madrugada. “Y algunos fines de semana salimos y no hacemos nada”, cuenta con una sonrisa Yanet. Son los días en que aparece su hermana para “darles una mano”.
Ser tambero
“Siempre les inculcamos a nuestros hijos que las vacas son parte de la familia. Uno está para cuidarlas y dedicarles tiempo, y ellas nos retribuyen, dejándonos vivir de esta actividad. Sentimos un gran cariño por lo que hacemos y es un trabajo muy familiar. Llevamos a los chiquilines al campo para que vean lo complejo que es trabajar con organismos vivos y para que lo valoren”, dice Yanet.
“Ordeñar las vacas, darles de comer… ¡eso sí que es bueno! A otro le parecerá mentira, pero para el productor lechero sin duda que el mayor placer es ver que las vacas tienen buena comida, como en primavera”, agrega Alejandro con satisfacción.
La cooperativa
“El vínculo con la cooperativa es de toda la vida y siempre ha ido mejorando. Tenemos un responsable zonal que nos ayuda en todo lo que precisamos, desde temas operativos a otros más complejos vinculados a la calidad de la leche o financieros. También tenemos a PROLESA, que es parte de CONAPROLE y que nos da todos los insumos a precios competitivos”, cuenta Alejandro.
“La cooperativa es muy importante porque nos da la tranquilidad de que se lleva todo lo que producimos y de que llegada la fecha del cobro siempre tenemos el dinero depositado”, agrega Yanet.
La vida gremial está presente en esta familia a través de los múltiples roles institucionales que desempeña Alejandro. “Soy delegado en CAF por la confianza que me dio CONAPROLE, transitoriamente estoy como consejero suplente en la Federación Rural, soy tesorero en la Sociedad de Productores de Leche de Florida y consejero en INALE. Es una vida gremial bastante agitada, pero es importante golpear puertas para crear conciencia”, señala él convenido.
El futuro ya está aquí
“Nosotros les decimos que estudien porque en el campo se usa mucha tecnología. Ahora ya se está hablando del ordeñe robotizado, cuando hace unos años ordeñar a máquina parecía una locura”, dice Yanet. Aunque les gustaría que haya una cuarta generación de tamberos, dejarán que sus hijos elijan su rumbo con libertad. “La base para trabajar en el campo la tienen, pero el tiempo dirá…”, concluyen con la mirada puesta en el futuro.
